Alberto -Beto- Canseco

Crónicas de verdad sobre el porno

A menudo cuando hablamos desde una perspectiva crítica de la agenda de los colectivos de diversidad sexual, solemos mencionar la educación sexual como uno de los lugares más importantes de disputa (en Argentina, por ejemplo, reclamamos la implementación real de la
ley de educación sexual integral en todas las escuelas). En efecto, son múltiples los lugares donde aprendemos a habitar y relacionarnos con la diferencia, de los cuales se destaca de manera evidente la institución escuela, lugar donde pasamos gran parte de nuestras vidas. En
ese sentido, como bien nos ayuda a pensar valeria flores, podríamos comprender a la educación sexual como “un término que en la escuela designa un conjunto variable de prácticas y perspectivas que no responden a un diseño uniforme e incluso llegan a ser antagónicas y contradictorias entre sí” (2015, p. 3). De este modo, la educación sexual
señalaría una intersección entre discursos acerca de la pedagogía y la sexualidad que no debe hacernos confundir con la idea de una educación de lo sexual como si éste existiera previo a los discursos pedagógicos que lo constituyen de manera fundamental. En otras palabras, no se encuentra la sexualidad en algún lugar natural que luego es regulado (reprimido) por los discursos de la escuela, sino que la sexualidad aparece, emerge, se produce efectivamente
también a través de las prácticas que tienen lugar en la escuela, tanto aquellas que explícitamente se refieren a la sexualidad como las que no. En ese sentido, sostendremos la hipótesis productiva del poder tal como el mismo Michel Foucault propuso en el primer tomo
de Historia de la sexualidad (1998). Allí, el autor entendía que en las sociedades capitalistas y burguesas, el sexo no parece haber sido solo ni principalmente reprimido, sino que se ha insistido en una proliferación de los discursos sobre él, de modo que las preguntas que nos debieran orientar en su estudio serán del estilo:
“¿Por qué se ha hablado de la sexualidad, qué se ha dicho? ¿Cuáles eran los efectos de poder inducidos por lo que de ella se decía? ¿Qué lazos existían entre esos discursos, esos efectos de poder y los placeres que se encontraban invadidos por ellos? ¿Qué saber se formaba a partir de allí?” (Foucault, 1998, p. 10) […]

Alberto (beto) Canseco

Eroticidades en disputa: Notas para una crítica de la pornografía

Asistimos en la actualidad a una proliferación de discursos pornográficos, al punto de que sería difícil imaginarnos la sexualidad contemporánea sin pornografía. Se hace necesaria, en ese sentido, una crítica de la pornografía sabiendo que estamos apuntando a uno de los discursos contemporáneos más poderosos respecto de la verdad del sexo. Dicha verdad, por su parte, no es una mera circunstancia o atributo del sujeto sino una condición de posibilidad de su constitución, de modo que una crítica de la pornografía es una crítica de la sexualidad y, en consecuencia, una crítica del sujeto contemporáneo en sí mismo. Teniendo en cuenta esto, quisiera en este artículo realizar un abordaje de la pornografía desde un posicionamiento específico: el feminismo pro sexo. Para ello sugiero el concepto de eroticidad, esto es, la operación de las normas que distribuye de manera diferencial entre los cuerpos el carácter de sexualmente deseable […]

Alberto -Beto- Canseco

¿Fracaso gay? Notas para una crítica de las gramáticas del éxito sexo-afectivo

Terminamos de ver una película de «temática gay» (todavía quedan algunas de este género, aunque cada vez menos). Tiene final feliz. No nos quejamos; antes veíamos películas y, si los gays aparecíamos en escena, estábamos relacionados con la
decadencia moral, moríamos víctimas de la violencia o de las complicaciones del VIH/Sida o teníamos una existencia insoportable que nos llevaba al suicidio. En tales representaciones rara vez teníamos pareja; excepcionalmente conocíamos algo ligado a la felicidad o al éxito. E insistimos, eso si es que llegábamos a aparecer. Ahora aparecemos más a menudo1, lo cual nos obliga también a preguntarnos acerca del modo
como aparecemos, o si se quiere, del modo como reconocemos un final feliz. En el porno gay este reconocimiento es fácil (en el hetero, imaginamos que también): todo acaba con el esperado cumshot. Pero, ¿y en una narrativa más amplia de lo gay, motivo
de series y películas de temática gay? Queremos decir que aunque nos estamos preguntando por los relatos que expresan las representaciones fílmicas, también nos inquieta cómo reconocemos que alguien que se autodefine como «gay» (puto, marica, trolo, joto, o cómo se llame) está «bien»; es decir, cómo sabemos que tiene éxito en su vida, qué indicios hay de que vive un prolongado «final feliz». No parece apresurado pensar que el final no es tan final, o que nunca llega a serlo completamente, y que solo adquiere apariencia de estabilidad a través de una repetición, lo cual supone un riesgo de fracaso persistente. En otras palabras, el éxito parece obedecer a una dinámica
performativa (Butler, 2005; 2007) […]

Alberto -Beto- Canseco

Eroticidades precarias. La ontología corporal de Judith Butler

No soy el* mism* después de escribir Eroticidades Precarias, tal vez nunca lo he sido. En efecto, la escritura es una operación en la que devenimos alguna otra cosa, no una mera expresión de lo que pensamos (como si eso fuera posible), sino un verdadero ejercicio de exposición en el que no sabemos qué se-remos, en qué nos convertiremos a su término. Nos vemos desposeíd*s por las palabras que se escriben, lo que habilita al mismo tiempo la emergencia de un nuevo yo que será expropiado una y otra vez. Y aun así, elijo la primera persona del singular para escribir –siguiendo una larga tradición dentro de las teorías feministas y en la que quiero inscribir este trabajo. Podría concatenar varios epítetos al lado de este yo que aparece: marica, promiscuo, blanco, becad* por el Estado, con diagnóstico de temblor esencial, hij* de clase obrera, afemina-do, de voz chillona, ex católico, formad* en filosofía, porteño viviendo hace más de diez años en Córdoba (provincia policializada, conservadora y homolesbotransfóbica, aunque también, históricamente resistente y combativa), etc. Estos epítetos son también parte de mi lugar hermenéutico (mu-dable ciertamente) y desde allí me paro en principio para entablar los diálogos en los que este texto es apenas una instancia; un momento en que asumo la palabra para decir a qué conclusiones he llegado y qué preguntas me parece importante formular; una oportunidad para seguir dialogando, para seguir discutiendo con otr*s que se sumen a los debates iniciados […]